miércoles, 6 de febrero de 2013

PONENCIA DE LA MTRA. ALBA PATRICIA HERNÁNDEZ SOC Mesa La Muerte en contextos culturales americanos de ascendencia indígena con una mirada antropológica


Día de muertos en Santa Rosa Xochiac.

Ritualidad en los llamados pueblo originarios

 

Alba Patricia Hernández Soc

ENAH/CEICUM

 

Febrero 2013

Introducción

La ciudad de México es una de las ciudades más pobladas del mundo, con 20 millones de habitantes. En esta macro región se entretejen procesos históricos y culturales, que se dan desde la migración externa e interna que también está acompañada por pueblos que desde siempre han habitado estas tierras, todo ello crea un cuerpo poco uniforme y muy complejo de enunciar.

            Dentro de esta gran ciudad, existen pueblos con una rica tradición, los cuales se hacen llamar a sí mismos “pueblo originarios”, como un sinónimo de que sus padres y abuelos siempre han vivido en esa misma región, ¿desde cuándo? Quizás, como dicen algunos de los habitantes de Santa Rosa Xochiac, “mucho antes de la llegada de los españoles”, hecho que nos refiere a un principio de identidad.

            Estos pueblos originarios se encuentran en su mayoría en la zona sur del Distrito Federal y mantienen un sistema de cargos tanto religiosos como políticos que asegura la organización interna que dista de aquella implantada por la delegación política o de la iglesia católica. Se crean relaciones de reciprocidad con otros pueblos cercanos o bien lejanos que aseguran la continuidad de las llamadas correspondencias, realizan bailes o danzas a diversos santos católicos, o suben a los cerros en épocas especificas como el 3 de mayo, también cuidan de sus montes comunales o de su panteón, donde la presencia de los muertos es indispensable para asegurar la continuidad de las relaciones entre los habitantes del más acá con los del más allá.

            A continuación presentaremos el trabajo en dos apartados, el primero trata a groso modo sobre la historia del pueblo de Santa Rosa Xochiac con lo cual se pretende señalar la relación que he tenido con la ciudad. En el segundo apartado nos centraremos en mostrar los datos etnográficos sobre el día de muertos en Santa Rosa Xochiac, conocido como la primera cera, hecho que nos habla de aspectos centrales de la cultura de los pueblos mesoamericanos, finalmente presentamos las conclusiones.

I-                   Santa Rosa Xochiac, breve acercamiento

Santa Rosa Xochiac se sitúa entre los kilómetros 26 al 31 de la carretera al Desierto de los Leones, en el suroeste del Distrito Federal, dentro de la delegación política Álvaro Obregón. Limita hacia el sur con el pueblo de San Bartolo Ameyalco, al poniente con el Parque Nacional del Desierto de los Leones y al norte con el pueblo de San Mateo Tlaltenango, éste último perteneciente a la delegación Cuajimalpa.            Originalmente tuvo el nombre de Santa María “Cuautenco que en idioma mexicano quiere decir en el borde del bosque (de los vocablos cuatli_bosque, Tentli=labio oborde y Co= particula que indica lugar”)[1], posteriormente se llamó Santa Rosa Xochiac – Xochiac que significa lugar de flores‑, este nombre se tomó en honor a Santa Rosa de Lima.

            No se tienen antecedentes concretos sobre la fundación de Santa Rosa, sin embargo “lo que sí se sabe es que la fundación de Santa Rosa Xochiac, se dio como resultado de un desprendimiento del vecino poblado de San Bartolo Ameyalco. Esta fraternidad entre ambos poblados se reconoce en diversos documentos, como el que consta del 25 de septiembre de 1758, en donde es Escribano Real y de Cabildo don Ignacio de Godoy”.[2] Otro dato sobre la fundación de Santa Rosa menciona que los pobladores provenían San Bartolo que a su vez llegaron de Azcapotzalco, quienes venían a estas tierras para pescar y cazar. Al ver la belleza del lugar decidieron asentarse ahí, primero lo hicieron en lo que hoy es San Bartolo Ameyalco, después poblaron Santa Rosa Xochiac. “En 1704 el corregidor de la villa de Coyoacán, don Andrés Tovar, expide un nombramiento por el cual don Santiago Galicia, ‘que es indio y cacique municipal’. Nombrando alguacil mayor de la parcialidad de Cuahutenco y, demás, como es sujeto de San Bartolo, le concede al pueblo de Santa Rosa la licencia para poder construir una iglesia, en donde se pondría un alguacil mayor y un alcalde ordinario con sus regidores y alguaciles mayores”[3]. Esto parece ser el evento central para los pobladores; con la construcción de su iglesia se colocó la imagen de la Virgen María, donde la localidad adoptó el nombre de Santa María Cuahutenco. En ese mismo año se da la separación oficial entre los pueblos de Santa Rosa y San Bartolo, siendo la calle, que hoy se conoce como Las Granjas el límite geográfico.

            Las familias de Santa Rosa se dedicaban a la agricultura, los principales productos eran el maíz, fríjol y habas, otra actividad también era el pastoreo de ganado. Para completar el ingreso económico los hombres se dedicaban al corte de madera de los bosques en la parte alta, para llegar a estos lugares se trasladaban entre los montes a pie. Cuenta el señor Juan Suaréz, vecino del lugar, que en el año de 1930 el “pueblo se conformaba por gente que vendía leña y tierra negra. Su medio de transporte y de carga eran los burros donde colocaban los costales de tierra y la vendían en Mixcoac, San Pedro de los Pinos, por la colonia del Valle o por el panteón francés. Cuando se vendía bien, se deba a 20 centavos el ciento de leña y cuando no era buena la venta se dejaba en 16 centavos, se amarraban los bultos de 400 u 800 palitos, de regreso al hogar se pasaba a comprar fríjol, azúcar, sardinas y piloncillo”.

            Para la década de los 70s algunos jóvenes ingresaron a la universidad, contando para esa época con 18 profesores de primaria, 5 de secundaria, 3 contadores púbicos, 2 ingenieros civiles y 1 licenciado en economía, 1 de derecho, 1 ingeniero agrónomo, 1 ingeniero mecánico electricista y 1 físico matemático. También algunas familias compraron más tierras al hacendado Luís Vásquez Vásquez para la siembra en general y de magueyes que servía para la producción del pulque que se vendía a los obreros de San Ángel.

            En cuanto a la organización interna, existen las siguientes autoridades: el comisario ejidal que encabeza el comité directivo y vela por los intereses de los 27 ejidatarios, una comisión de bienes comunales que tiene un presidente, secretario, tesorero que supervisa y vigila la propiedad comunal, un comité vecinal y un comité encargado de la organización religiosa.

            En lo que refiere a la organización religiosa, el poblado celebra a lo largo del año fiestas familiares pero también comunitarias en donde la donación de cuotas es esencial. Las personas de la comunidad que van aportando de manera económica o voluntaria van ganándose el derecho a poder solicitar ayuda cuando la necesiten por ejemplo cuando hay un familiar fallecido, éste tendrá derecho a ser enterrado en la comunidad siempre y cuando haya participado con sus contribuciones, hecho que se demuestra con los recibos que se han juntado durante años y con el apoyo de la comunidad que lo reconoce como miembro activo.

 

II. Día de muertos en Santa Rosa Xochiac: Primera cera

En Santa Rosa Xochiac se le conoce como la primera cera. Los preparativos inician a partir del 31 de octubre cuando las familias realizan el altar para sus fallecidos. En el período de noviembre de 2011 a octubre del 2012, en el poblado hubieron 48 muertos a quienes se les llevó su primer cera o veladora. El Sr. Felipe J. Hernández Flores realiza año con año una lista para las visitas y con ello planea su recorrido en el poblado. En cada altar se colocan las pertenencias o utensilios de trabajo del fallecido, sus fotos, alimentos preferidos, entre ellos panes, frutas y también se realizan caminos con flor de cempasúchil para que no se pierdan de regreso a la casa.

            Cuando una persona llega a ofrecer su cera se coloca frente al altar, se persigna y después prende la vela. La familia en agradecimiento ofrece algún alimento, lo hay desde el sándwich hasta las elaboradas carnitas de cerdo, mole etc, esto varía de acuerdo a las posibilidades de cada familia. Pero también los fallecidos que llevan algunos años más, se les visita aunque esta disminuye porque hay que ir a los de la primera cera. Conforme avanza la noche se puede ver en las veredas, caminos y avenidas del poblado, gente visitando a todos aquellos que durante el año han partido de este mundo.

            Dentro de los altares hay historias, por ejemplo se colocan las fotos de los anteriores muertos junto al reciente, también en algunos hogares se pone quién era la persona recién fallecida, por ejemplo el del Sr. Roberto, “Don Mochilas” que era un señor conocido en el pueblo por sus deliciosas carnitas al estilo Michoacán. Pero ¿quién era este señor?, entonces se lee que:

“De Tarimoro llegó un día, dejando su tierra que tanto quería. Ya con críos venía, en el espinazo los traía; la Jitomata, el Pelón y la Jetona y cargando a “Carmen” de la mano traía.

Al tanque primero y otras crías vinieron; Juana, Nacha y la negra también al mundo trajeron, cómo olvidar a Samuel y a Leo, ya en el ojo de agua, no la dejaba ni orear,  y al Moco y a la Chata volvieron a encargar.

Están de zanganos! Decía, cuando en la fábrica venía y caldo en la fonda ya        quería, pa su caldo su carne traía y sus mocosos sus bigotes se lamían.

Que sazón tenía y que ricas carnitas hacía, ni se diga el pulque, porque todos querían. De aquí para allá con su cazo iba, también las milpas recorría… sembrando y cosechando costumbres y familia.

[…] esta noche vendrá y juntos nos verá , un manjar encontrará y a Carmen dirá: Ya llegué Carmen, no seas tija, traime a toda la familia, que ya estoy como yo quería”

            En este breve escrito podemos ver algunos elementos sobre las migraciones que vive la ciudad de México desde hace tiempo. Don Mochilas provenía de un pueblo de Michoacán, y trabajó en las fábricas, posiblemente lo hizo en Loreto y peña Pobre, en San Ángel.

            En la última parte, donde se nos habla de que es así como él quería estar, es asumir a la muerte en un estado familiar, alejado de esta muerte donde todo lo extermina, en palabras del Dr. Ramiro Gómez “Es otra cosmovisión, donde las realidades de este y el otro mundo parecen resumirse en este único mundo con potencialidades diferentes (las almas pueden cosas que los vivos no). Definitivamente es una concepción del cosmos donde los ámbitos de lo divino, la naturaleza, los humanos –vivos y muertos- interactúan en un constante intercambio de bienes y relaciones a imagen y semejanza de las redes de solidaridad y organización social que viven estos grupos culturales”[4].

            Para proseguir con la celebración del día de muertos, al día siguiente se asiste al panteón para enflorarlo, desde temprano se llega con flores, algunos otros llevan mariachis mientras limpian el lugar. El panteón de Santa Rosa no tiene espacios familiares privados, sino que los muertos se van colocando uno junto al otro sin importar si es hombre o mujer, sólo existe distinción para los niños que tienen un lugar especial. Entonces al momento de morir, se tienen que enseñar todos los recibos que por años se han ido guardando para demostrar a los diversos comités que la persona estuvo apoyando al pueblo, ya sea en festividades o en faenas, de no cumplir con esto los familiares tendrán que buscar otro sitio para el difunto. Quienes más se quejan son los “avecindados” que es la gente no “originaria” del lugar y se ha tenido que acoplar a las costumbres de Santa Rosa, otros sin embargo opinan que es justo ya que quien coopera tiene derecho a recibir la ayuda del pueblo.

            Hasta este día se puede continuar con las visitas de la primera cera a algunas de las casas que hicieron falta, pero ya son pocas y de preferencia se hace por la mañana. Una vez terminado el 2 de noviembre se comienza con el registro de los fallecidos del poblado, todos aquellos que del 3 de noviembre al 30 de octubre fallezcan recibirán su primera cera y se les hará gran algarabía en su regreso, pero si alguien quiere visitar a los difuntos de las ceras más antiguas, será bienvenido porque no importa cuántos años atrás haya partido, en Santa Rosa Xochiac las ceras son el vinculo para la unión entre los vivos y los muertos.

 

 

A manera de conclusión

La celebración del día de muertos en Mesoamérica “funciona en la práctica sobre un juego de memorias cruzadas. La cesación de la memoria significa la relación de la cesación de la relación: [por lo tanto] el olvido rompe el vínculo entre los dos mundos” [5]. Respecto a la esta cita de Signorini, señalamos que para Santa Rosa Xochiac olvidar a sus muertos significa romper con su memoria colectiva. Así como el Sr. Hernández Romo que año con año realiza su lista, en donde recrea quién era el fallecido, una maestra, un carnicero, un alumno de la universidad, un empleado de la delegación, un jardinero, entre muchas más actividades, al reconocer quién es el fallecido se le vincula a la familia de donde procede y sí éste es “conocido o no”, ya que como menciona el Sr. Hernández Romo, “los que nunca participan en el pueblo no se sabe ni donde viven”.

            Esta primera cera es el elemento que une al poblado, a lo largo del día se preparan los familiares que recibirán las visitas y los visitantes con anticipación compran las veladoras que ofrecerán a las familias y al difunto en el altar.

            Estos lazos de reciprocidad se hacen ver cuando en algunos hogares la cantidad de gente es impresionante y las velas se agolpan. Una persona con muchas ceras es alguien que ayudó al pueblo, que tuvo amigos, quien se mantuvo dentro de las relaciones sociales que la comunidad realiza ya sea en celebraciones de tipo familiar o en las fiestas del pueblo, como lo son las fiestas mayores: el 24 de diciembre cuando la comunidad baja árboles de sus montes ejidales o en el de la santa patrona que es el 30 de agosto.

            La bienvenida a los muertos “se convierten en expresiones de reverencia colectiva hacia todos los muertos, no sólo los propios, y en consecuencia implícitamente contribuyen a sostener el orden moral en que la sociedad confía”[6]. De tal manera que Santa Rosa Xochiac, como muchos otros pueblos de la cuenca de México, participan de la vida citadina y al mismo tiempo siguen entretejiendo una lógica cultural que le permite continuar con sus relaciones de reciprocidad entre el espacio de los vivos y los muertos.

Bibliografía

Gobierno del Distrito Federal, Secretaria de desarrollo urbano y vivienda. Ciudad de México. Propuesta de modificación de límites entre las delegaciones Cuajimalpa de Morelos y Álvaro Obregón en la sección que corresponde a los poblados rurales de Santa Rosa Xochiac y San Mateo Tlaltenango. México, 1999.

 

Gómez Arzapalo Dorantes, Ramiro, ¡Vida, no te mueras! La muerte en México a través de su artesanía festiva, Edisa, 2012.

 

Hernández Castillo, Juan Carlos, Equipamiento urbano: proyecto centro de salud en Santa Rosa Xochiac, Delegación Álvaro Obregón, Facultad de Arquitectura, UNAM, México, 1992.

 

Rivera Garza y Suárez et al, Fiestas tradicionales y organización comunitaria en Santa Rosa Xochiac. Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) Proyecto 83/1997, México, 1998.

 

Signorini, Italo, El regreso de los difuntos en el mundo indígena mesoamericano contemporáneo, en Baez Cubero L y Rodríguez Lazcano C (coord.), Morir para vivir en Mesoamérica, Consejo veracruzano de Arte Popular, INAH, 2008, México.  

 

 

 

 



[1] Rivera Garza y Suárez et al, Fiestas tradicionales y organización comunitaria en Santa Rosa Xochiac. Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMYC) Proyecto 83/1997, México, 1998, P.3
 
[2] Gobierno del Distrito Federal, Secretaria de desarrollo urbano y vivienda. Ciudad de México. Propuesta de modificación de límites entre las delegaciones Cuajimalpa de Morelos y Álvaro Obregón en la sección que corresponde a los poblados rurales de Santa Rosa Xochiac y San Mateo Tlaltenango. México, 1999, p.27.
 
[3] Hernández Castillo, Juan Carlos, Equipamiento urbano: proyecto centro de salud en Santa Rosa Xochiac, Delegación Álvaro Obregón, Facultad de Arquitectura, UNAM, México, 1992, p.42.
 
[4] Gómez Arzapalo Dorantes, Ramiro, ¡Vida, no te mueras! La muerte en México a través de su artesanía festiva, Edisa, 2012.p. 53.
 
[5] Signorini, Italo, El regreso de los difuntos en el mundo indígena mesoamericano contemporáneo, p.252, en Baez Cubero L y Rodríguez Lazcano C (coord.), Morir para vivir en Mesoamérica, Consejo veracruzano de Arte Popular, INAH, 2008, México.  
 
[6] Ibid.,p.249.


 

martes, 5 de febrero de 2013

PONENCIA DE LA MTRA. LUISA GABRIELA ÁVILA CORTÉS Mesa La Muerte en contextos culturales americanos de ascendencia indígena con una mirada antropológica


Rituales funerarios y de muerte

Una aproximación a las prácticas culturales de los nahuas de la Sierra Negra de Puebla

Luisa Gabriela Avila Cortés

 

 

Introducción

Históricamente el individuo se ha preguntado sobre el destino del sujeto una vez que el ciclo de vida avanza. Desde su nacimiento, atraviesa varias etapas a lo largo de su crecimiento, alcanza una madurez social y reproductiva que posteriormente irá menguando, pues el final de su existencia se acerca para concluir con la muerte.

            Mucho sabemos del inicio de la vida y de la alegría que causa el nacimiento de un nuevo ser, sin embargo la muerte es un tema del que poco se ha hablado por la multiplicidad de reacciones que causa el saber un destino inevitable: asombro, espanto, dolor, intriga… conmoción.

            Cada sociedad ha intentado dar explicaciones a este fenómeno según su tradición cultural, hechos que son influidos por las creencias religiosas o del cosmos, la herencia del grupo e incluso, la historia particular de cada pueblo y sus habitantes.

            En Xaltepec, una comunidad nahua ubicada en la Sierra Negra del estado de Puebla, la muerte se explica a partir de su relación con la vida. Aquí, los deudos y amigos necesitan “cumplir con el difunto según el costumbre”, es decir, lograr que la relación del mundo de los vivos y los muertos, sea armónica. Para ello, las ceremonias funerarias cumplen un papel importante, pues es gracias al correcto desempeño de éstas, como se podrá por un lado, evitar que el “mal aire”[1] del finado enferme a los habitantes de la comunidad y por el otro, ayudarlo para arribar a su destino final post mortem.

            Es bajo este contexto se ha concebido a los muertos o “abuelitos nahuas” como parte integral de la comunidad por lo que deben ser respetados, honrados y conmemorados, pues es impensable el olvido de los ancestros ya que implicaría a su vez, una negación de su pasado y memoria colectiva.

 

Los rituales funerarios en Xaltepec

“El cerro de arena” o Xaltepec es una Inspectoría que cuenta con aproximadamente 1000 habitantes (Diario de campo, Xaltepec, Metzontla y Aticpac, Noviembre del 2010). Se ubica en la región conocida como Sierra Negra, al sureste del estado de Puebla.

            Sus pobladores se autoadscriben como nahuas, pues según los relatos orales fueron personas de este grupo los que ocuparon esta región siglos atrás, versión que coincide con los registros históricos de la zona (Romero, 2006). Pese a que la educación básica institucional y el contacto con los habitantes de otras regiones han permitido que se practique el bilingüismo, el náhuatl es la lengua que se habla entre los oriundos del lugar.

            La agricultura de maíz, frijol y café es la primera actividad productiva en Xaltepec, seguida del comercio a mínima escala entre miembros de la comunidad o en la cabecera municipal con integrantes de otras poblaciones. La emigración aunque es efectuada en su mayoría por jóvenes, se realiza principalmente de manera temporal y aún no representa un ingreso significativo en la economía del lugar.

            En la región en general, se experimentan condiciones de marginación económica, educativa, social y de infraestructura (Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, 2010). Por su parte, la práctica del catolicismo como religión predominante en la comunidad, se realiza según adecuaciones locales, pues a través de un sistema de mayordomías y de catequismo semanal, un líder o catequista local imparte la doctrina.

            En este sentido, las festividades religiosas por la adquisición de sacramentos son un espacio importante donde se practica la convivencia vecinal, de igual modo ayudan a la creación de lazos extracomunitarios de reciprocidad con la aceptación de los “compromisos” (Carrasco y Robichaux, 2005: 470) que adquieren los padrinos.

            Además en Xaltepec, los sacramentos católicos como ceremonias rituales, son una forma de representar públicamente cambios de etapas en el ciclo de vida del sujeto: bautizo, primera comunión, confirmación, matrimonio y muerte. De estos momentos o rituales de paso (Van Gennep, 2008: 25), las ceremonias funerarias son las que unen a dos mundos de naturaleza distintas: el de los vivos y el de los muertos.

            Las prácticas culturales que se llevan a cabo en los rituales funerarios se pueden dividir en dos grupos: las inmediatas y las extendidas. Aunque de manera estructural, estas prácticas coinciden con las realizadas en otras regiones nahuas de México, cada una de ellas tiene características específicas dignas de mención.

 

Prácticas culturales inmediatas del ritual funerario

El fallecimiento. Cuando una persona muere, el “padrino” debe cumplir con las responsabilidades de “padrino de difunto”. Es decir, debe ser el hombre, la mujer o la pareja con quien/es compartió los sacramentos más importantes de la religión católica, o en caso de previa muerte sus descendientes, quien “vista” al difunto con ropa nueva para ser enterrado con ésta.

El color del atuendo representa la dicotomía completo/incompleto y pureza/impureza del finado, varía según la condición conyugal del difunto y los sacramentos católicos que haya recibido a lo largo de su vida. Los niños que no fueron bautizados o los adultos menores de 25 años solteros pueden vestirse de cualquier color incluyendo el blanco; de manera poco recurrente, también pueden usar atuendos o túnicas a semejanza de cualquier Santo de la devoción católica de los deudos. Los adultos que tuvieron vida conyugal, son arreglados en vestimenta azul; el color blanco o el morado solo se utilizan en aquellos que recibieron el sacramento matrimonial.

Mientras tanto, el carpintero de la comunidad elabora la caja de madera en la que se hará la velación del finado. El ataúd se colocará en la casa del difunto sobre una mesa en medio de una habitación frente al altar doméstico, aquí los familiares y padrino lo sahumarán junto con la ropa que vestirá el cadáver, después serán rociados con una flor blanca (preferentemente tzatzatzli) bañada en agua bendita, para purificar todo aquello que tenga contacto con el cuerpo del difunto. Solo el padrino puede vestir y cargar al cadáver, además con un listón se le sujetarán las manos.

Una regla estipulada por “el costumbre” es que a partir del deceso, los deudos no pueden cambiarse de ropa ni bañarse, expresión que cesa hasta el entierro.

            El velorio. Comienza la noche posterior al deceso y previa al entierro. Los “caseros”, vecinos y miembros de la comunidad en actos de solidaridad, se reparten la ejecución de diversas tareas: notificar al Inspector para el levantamiento del acta de defunción y otorgar el espacio del “hoyo” de la tumba en el panteón local, así como acordar con el rezandero(a) para que encabece los rezos del velorio, el novenario y la ceremonia que practicará para levantar la cruz del difunto como servicio gratuito a los miembros de la comunidad.

“El costumbre” establece que cada persona que vaya a “saludar” al difunto en el velorio, debe llevar artículos o un donativo económico para auxiliar con la carga de trabajo y de gastos a los deudos.

A las ocho de la noche, el rezandero inicia con la dirección del rosario que tendrá una duración de una hora o una hora y media. Al término se ofrece café, pan y “un taco”.

En Xaltepec no se muestran distinciones entre el velorio de niños (o juegos de angelitos) y el de adultos, de manera que en ambos se percibe un ambiente de solemnidad y seriedad.

Esta noche es la primera que pasa el difunto en su nueva condición en la que aún no se sitúa ni como vivo ni como muerto, por ello, es importante que los deudos lo acompañen, para evitar que el alma se quede sola y deambule en un camino oscuro en ausencia de la guía de los rezos. Además, podría tomar venganza contra aquellos que no lo “despidieron” por medio de apariciones que espantan y horrorizan, por lo que sin distinción de edad o género, se debe asistir al velorio.

Si el padrino acompañó a la familia, se le debe “atender” con aguardiente así como a los demás asistentes para poder así, soportar la jornada extenuante.

El entierro. A la mañana siguiente se puede rezar en la casa antes de colocar los objetos que llevará el muerto en su “viaje”: aguardiente, bastón, flores, leche. La caja es sellada con clavos y llevada al panteón, tanto el cargar como el cavar la fosa son actividades prohibidas para los deudos.

En su camino al panteón, el cortejo a su paso va incensando. A la llegada, en contadas ocasiones, el rezandero pronuncia oraciones, generalmente se guarda silencio mientras la caja desciende y después se tiran flores, hojas de xómetl (sauco) u otra planta que los asistentes utilizaron para “limpiarse” la enfermedad del “mal aire” que pudieran haber adquirido por el contacto con el difunto. Los presentes se despiden del fallecido aventando un puño de tierra sobre el ataúd, que después será cubierto con más tierra para conformar el sepulcro.

Los familiares reparten bebidas y alimentos entre los acompañantes y auxiliares de las tareas, mismos que serán apreciados en un momento de convivencia solemne junto a la tumba. Al finalizar, un representante masculino de la familia nuclear agradece la asistencia e invita a los rezos nocturnos del novenario.

El novenario. A partir de la primera noche del novenario, se traza con arena o ceniza en forma de cruz, el lugar donde se ubicó y veló al difunto; en la cabeza, las manos y los pies se colocan veladoras para delimitar la extensión de alcance del cuerpo dentro de la habitación. Esta cruz se llama “principal”.

Desde esa noche el rezandero protagoniza los rosarios que “guían” el camino del “alma” del difunto. Alrededor de esa cruz principal los asistentes se disponen para rezar los rosarios durante nueve noches que duran como en el velorio, entre una hora u hora y media y finalizan con el convite de café y pan que ofrecen los “caseros”.

Además de la cruz principal, los deudos por elección personal pueden o no colocar otras señales “secundarias” en los lugares donde haya ocurrido el fallecimiento: en cama dentro de la casa si es que se trató de un enfermo o anciano, o en el lugar del accidente o asesinato, en caso de una muerte inesperada. Sobre estas cenizas también pueden situarse veladoras que de manera similar a las de la cruz principal, se apagarán en la ceremonia de la segunda levantada de cruz realizada al mes del deceso.

            Con la señal de las cruces, los familiares reconocen la existencia implícita del “alma” del difunto en la convivencia doméstica y vecinal, además indican los lugares que tuvieron contacto con el cadáver los cuales se espera que en la ceremonia de levantada de cruz, queden limpios de la presencia contaminante del difunto que pudiera enfermar a los vivos.

La levantada de la cruz y su repetición ceremonial. Mientras transcurren los días del novenario, los deudos acuerdan con el padrino la adquisición de la cruz, para ello deben llevar insumos necesarios para realizar un convite entre las dos familias

            Por la tarde del último día del novenario, el padrino y sus acompañantes llegan con la cruz de madera o metal, adornada con listones blancos, grabada con el nombre del difunto y la fecha del deceso. Con la compañía del rezandero, el cortejo se detiene antes de entrar a la casa del difunto, los “caseros” junto con otros familiares que decidieron acompañar los reciben con copal en el umbral. Ambos grupos guiados por el rezandero pronuncian una letanía seguida del canto “Venid pecadores”.

Mientras, un representante masculino de la familia del difunto acude al encuentro de la cruz para que sea sahumada y besada por cada uno de los deudos. Ambos grupos entran a la casa y la cruz ahora en manos del rezandero, la recuesta sobre la tabla o mesa donde está trazada la “cruz principal” mientras el canto habla del sufrimiento de Jesús, que metafóricamente acepta la “caída” de la cruz, es decir, el deceso de la persona amada.

Una vez que la cruz yace horizontal, los asistentes rezan el último rosario del novenario. Al final, los “caseros” ofrecen alimentos, pero en especial al padrino se le asigna una mesa dispuesta especialmente para él/ella (ellos), arreglada con flores y un vaso lleno de maíz o arena que se aprovechará como soporte de una vela que será prendida durante la estancia del padrino y se apagará a su retiro. El vaso, representa las obligaciones del padrino, pues se cree que la arena, el maíz o la ceniza (que también son utilizados para trazar el lugar donde estuvo el cadáver durante la velación), simbolizan la tierra en la que está enterrado el difunto.

            Mientras la gente cena, se reparte aguardiente y cigarros, actos que durarán toda la noche y hasta el levantamiento de la cruz por la mañana.

            Previo al amanecer, el rezandero pronuncia otro rosario seguido de una letanía y del canto “Santo Entierro”, con el que el padrino colocará la cruz de manera vertical. Después un representante la turnará para que la familia bese e inciense uno por uno la cruz, mientras el padrino reunirá las señales de cruces “principal y secundarias”. También son recolectados los restos de veladoras, los cabos de velas, las flores secas, la tabla en la que se recostó el cadáver durante el velorio y la ropa que vestía el difunto al fallecer.

Al finalizar la ceremonia, los “caseros” nuevamente ofrecen alimentos para desayunar y se agradece la asistencia. La ceremonia de levantada de cruz se dará por concluida alrededor de las once de la mañana.

Algunos vecinos en Xaltepec acostumbran quedarse con la cruz (ya levantada) algunos días en la casa, pues con la realización de este ceremonia, disminuye el riesgo de que el “alma” del difunto enferme de “mal aire” a los vivos. Otros deudos prefieren llevar la cruz de inmediato, se colocará a la cabeza de la tumba y la “basura” recolectada durante la ceremonia, será enterrada a los pies de la misma.

Durante un mes posterior al deceso, se mantienen las veladoras encendidas que se situaron donde estaban la (las) cruz (cruces) “principal” y en su caso “secundarias”. Antes del cumplimiento del mensuario, los familiares del difunto nuevamente visitan a los padrinos con obsequios para acordar la próxima ceremonia de levantada de cruz, que se realizará de manera similar al mes previo. En esta ocasión, el padrino reunirá las flores secas con las que se adornaba el altar, los restos de las veladoras y en caso de accidente la tierra donde ocurrió, y a partir de ese día las veladoras se apagarán.

Además de la cruz que se colocará en la tumba del difunto, los padrinos regalan una pequeña a la familia, adornada con listones blancos, grabada con el nombre y fecha del deceso, que será dispuesta en el altar de la casa de los deudos como una señal de recuerdo del difunto. Este última permite a los deudos hacer una asociación metafórica con el ser amado ausente, para contar con su presencia en el espacio doméstico.

Algunos padrinos escogen hacer levantada de cruz a los seis meses o al aniversario del fallecimiento, actos que conllevan la repetición del culto anual hasta el cumplimiento de los siete años. La decisión quedará representada en la casa de los deudos con la vela en el vaso, y la mesa arreglada para ser ocupada.

Cuando se opta por la celebración anual, el protocolo es mantenido como en las anteriores levantadas de cruz. En algunos casos, el padrino solicita la visita del párroco de la cabecera municipal y paga por los servicios de una misa.

Debido a que los difuntos sólo podrán convertirse en “abuelito nahua” al séptimo aniversario de su deceso, será preciso mantener el luto mientras tanto.

 

Prácticas y creencias extendidas del ritual

De vuelta al mundo social: El final del duelo. Hasta el cumplimiento del séptimo aniversario luctuoso se espera que la familia al fin se vea libre de la tristeza, dolor, estupor y luto por su difunto, ciclo que expresará con la organización de una gran fiesta.

La importancia de esta festividad se debe a que hasta este momento se logra definitivamente la separación del muerto del mundo de los vivos (aunque no por ello se prohíba su visita anual en la Fiesta de los Muertos) y a la vez, se espera la agregación del difunto al otro mundo, que en el ideal que los habitantes de Xaltepec sería el “Reino de Dios”.

            Así como en las levantadas de cruz anteriores, el padrino tiene la obligación de regalar una para la tumba del difunto, también ropa (preferentemente blanca) para toda la familia del difunto y un “rosario de difunto” para colgar. Estas prendas deben ser utilizadas en la fiesta que marcará la culminación del luto financiada por el padrino.

            El día previo a la conmemoración del séptimo año del deceso, el padrino y sus acompañantes acuden a la casa del difunto con la familia que recibirá la cruz y nuevamente, se velará toda la noche para ser levantada al día siguiente junto con las señales que marcan el cuerpo donde se ubicó el difunto.

            Tal como se realizó en ceremonias anteriores, después del levantamiento de cruz, los “caseros” ofrecen alimentos como agradecimiento por las atenciones del padrino y una vez que éste terminó de ingerir, los deudos levantan el mantel o plástico que estaba sobre la mesa y la vela montada en el vaso, para ser apagada por última vez por los mismos. Con ello se manifiesta que el padrino cumplió con las obligaciones adquiridas en este compromiso que duró siete años.

La fastuosidad de la celebración depende del monto económico que el padrino desee aportar, ya que puede solicitar los servicios del sacerdote de la cabecera municipal para ofrecer una misa, contratar sonido musical para el baile nocturno y ofrecer aguardiente y cerveza. Los “caseros” por su parte, son los encargados de preparar los alimentos festivos.

Sin exclusión, los miembros de la comunidad y de poblaciones vecinas están cordialmente invitados a esta celebración, tal como se realiza en otras fiestas multitudinarias. Es en este espacio donde nuevamente los deudos sin el temor a la sanción social, tienen la posibilidad de reincorporarse a celebraciones comunales.

El recuerdo anual de los “abuelitos”: la Fiesta de los Muertos. Los difuntos pueden tener diversas maneras de relacionarse con los vivos en Xaltepec, como en la enfermedad o en los sueños y en la celebración anual que se hace en su honor.

Esta Fiesta abarca del 31 de octubre que es cuando se comienzan a situar las ofrendas, al 2 de noviembre que se retiran y se acude al panteón para visitar la tumba del difunto. Esta celebración se establece como un compromiso que los vivos deben realizar para así evitar la pérdida de memoria sobre aquellos que “ya no están en este mundo”, incluyendo desde los “nuevos” (o los que murieron en ese mismo año) como a los “abuelitos” (o difuntos que han cumplido más de siete aniversarios luctuosos).

La convivencia podría decirse que es armoniosa y pacífica a través del ofrecimiento de olores de los alimentos, de las flores o del copal. De este modo, los vivos sustentan las “almas” de los difuntos quienes acuden gozosos a disfrutar del festín; sin embargo, los muertos también pueden hacerse presentes con sanciones en caso del olvido u omisión de las obligaciones que se tienen hacia ellos.

            Las velas juegan un papel importante en esta celebración como lo fueron en las prácticas funerarias inmediatas. Se les relaciona con la luminiscencia que guía el camino de las almas para su encuentro con Dios y con el regreso a casa en el mundo de los vivos. Las flores también recuerdan el motivo fúnebre de esta celebración, pues las ofrendas se adornan además de cempoaxóchitl con  tzatzatzli.

A pesar de que estrictamente las “almas” no son agentes potenciales de enfermedad de “mal aire”, puesto que ya no se encuentran en relación cotidiana con los vivos, los relatos orales confirman que el menosprecio a su homenaje con alimentos y velas, o el goce de los vivos en los días destinados a los finados, pudieran desatar su furia y castigar de manera severa con la muerte.

 

Consideraciones finales

Puesto que las ceremonias mortuorias en Xaltepec tienen la finalidad de separar al difunto del mundo de los vivos y a su vez, agregarlo a su destino post mortem final, su realización debe ser llevada a cabo según las reglas del “costumbre”, es decir, la manera correcta en que ambos mundos deberían relacionarse.

            En Xaltepec, la enfermedad del “mal aire” constituye una forma de corroborar por un lado, que persiste una relación entre el espacio de los vivos y el de los muertos, y por el otro, que pese a la muerte, el individuo sigue formando parte de la comunidad. Las prácticas culturales de la muerte enfatizan en el cuidado del “alma” del difunto, pues se sustentan en una idea bipartita del cuerpo del cual, el componente inmaterial conformaría la parte esencial de la persona.

            Las prácticas culturales relacionadas a la muerte confirman a su vez, la importancia de la reciprocidad entre vivos (compadrazgo) y entre vivos y muertos (ceremonias mortuorias y recuerdo anual en la Fiesta de los Muertos), gracias a ello existe una continuidad de la memoria colectiva, que como en la concepción de la muerte de los nahuas de Xaltepec, su premisa básica es que no constituye un fin, sino una prolongación de la vida.

 

 

Bibliografía

AVILA Cortés, Luisa Gabriela (2008). “Yoloxóchitl y santuario para el corazón”: Cosmovisión, conocimiento y uso médico de plantas entre nahuas de Puebla. Puebla, México. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Título de Licenciada en Antropología Social.

CARRASCO Rivas, Guillermo y David Robichaux (2005). “Parentesco, compadrazgo y ayuda: El caso de las fiestas de quinceañeras en Tlaxcala” en David Robichaux (Comp.) Familia y parentesco en México y Mesoamérica. Unas miradas antropológicas. Universidad Iberoamericana. México. Pp. 461-492.

ROMERO López, Laura Elena (2006). Cosmovisión, cuerpo y enfermedad. El espanto entre los nahuas de Tlacotepec de Díaz, Puebla. Instituto Nacional de Antropología e Historia/ CONACULTA. México.

VAN Gennep, Arnold (2008). Los ritos de paso. Alianza editorial. España.



[1] Para estos nahuas, el “mal aire” es una enfermedad adquirible bajo dos circunstancias: La primera cuando el difunto tiene una relación directa con los vivos, es decir, durante el tiempo que el cadáver aún tiene contacto físico con éstos en las exequias (fallecimiento, velación y entierro); y la segunda, cuando pese a que no existe un acercamiento tangible entre el cadáver y los vivos, el “alma” aún lo tiene (novenario y levantadas de cruz).
Esta patología es concebida como una enfermedad altamente contagiosa, percibida como una suerte de “suciedad pegajosa” provocada por el roce de un “aire” o la parte inmaterial del individuo que se desprende cuando fallece, únicamente se percibe a través del tacto y puede dañar a niños y adultos. Los síntomas más recurrentes son mareo, inapetencia, dolor de cuerpo, cansancio, vómito, tos, fiebres; los infantes además, lloran mucho, se despiertan alterados en la noche y sufren dolores de cabeza.
Para su curación, se utilizan varias terapéuticas como las “limpias” o “barridas” (acto de deslizar una planta medicinal sobre el cuerpo del enfermo) con albahaca, canela, xómetl (sauco) o ruda bañadas en aguardiente para llevarse la patología en ésta y también, aspirar el humo de hojas quemadas de ajo, chiltépetl (chile chiltepín) y romero (Ávila, 2008: 77-103).

sábado, 2 de febrero de 2013

PONENCIA DEL DR. RAMIRO ALFONSO GÓMEZ ARZAPALO DORANTES Mesa La Muerte en contextos culturales americanos de ascendencia indígena con una mirada antropológica


FORO ACADÉMICO:
REFLEXIONES INTERDISCIPLINARES EN TORNO A LA MUERTE
Mesa: La muerte en contextos culturales americanos de
ascendencia indígena con una mirada antropológica
Dr. Ramiro Alfonso Gómez Arzapalo Dorantes
Viernes 1° de febrero
UNIVERSIDAD INTERCONTINENTAL

 

Aproximación a la muerte desde la artesanía festiva en México: una muerte llena de vida


En tanto que objetivaciones de la conciencia, las artesanías festivas nos abren a un mundo de concepciones del cosmos, lo humano y lo divino de los sujetos que las crean. Más allá de meras curiosidades exóticas para souvenir de los turistas, reflejan materialmente concepciones cosmovisionales abstractas que se materializan en la plástica y el sentido vertido en ella. Para el caso concreto de México, y más aún, para el contexto específico que nos congrega en esta exposición artesanal de calaveras, -cuyo cierre celebramos con este evento académico-, el sentido que subyace detrás de estas artesanías y lo que expresan, es tan profundo que la superficialidad con la que suelen tratarse, consumirse y desecharse resulta algo grotesca.

            Aquí lo que está de fondo, es la concepción misma de la muerte, en su indisociable binomio vida-muerte. No se trata de un culto a la muerte, como personificación del acontecimiento último, sino de un culto a los muertos y el reflejo de sus posibilidades de acción en el a posteriori de la muerte. Implica siempre una cierta ubicación de la propia muerte, pero se significa ante todo frente al desprendimiento de los seres queridos y aquello que se concibe harán ahora que están muertos en su nuevo “status”, y cuáles son los deberes o normas que determinarán el tipo de relación que se establece entre vivos y muertos.

            Evidentemente el culto a los muertos es una característica universal humana. Eso es incuestionable y resulta tautológico, sin embargo, los matices en esas formas culturalmente diversas de concebir a la muerte y al muerto, son también incuestionablemente diferentes. De esa diferencia “nuestra” es a lo que me quiero referir en esta ocasión. Generalmente en Europa y en África, el culto a los muertos pone un énfasis en “cumplirle” al difunto, en un esfuerzo por que se aleje y no vuelva. La idea de un muerto presente, no es para nada concebido como una bendición o motivo de alegría, de hecho, lo terrorífico de los muertos es llegar a tener algún tipo de contacto postmortem con ellos. El culto, los rituales, etc en derredor del muerto en esos contextos es un claro decirle: “vete”, “¡Aléjate de nosotros!”, “ya no perteneces a este lugar”. El Halloween opera bajo esa lógica: el muerto es cosa de miedo, espanto, susto, es mejor que esté lejos (tal vez no olvidado, pero que no rebase su frontera hacia acá). En África el culto a los muertos se asocia muy frecuentemente con una obligación que de no cumplirse, el muerto, se cobraría “a lo chino” con los vivos. Es muy cercano a un soborno que garantice la distancia y la ausencia.

            En este orden de ideas, en América indígena, las cosas son muy diferentes. Casi podríamos decir que la tendencia es diametralmente opuesta. Todo el culto, rituales, oraciones, ofrendas, etc, están encaminados a invitar al muerto a que regrese en una temporada específica (en derredor de día de muertos) a convivir, codearse, embriagarse, comer y reír sin atisbo de miedo alguno a la presencia espiritual de los finados. Las redes sociales se conservan, la adscripción a la familia, los parentescos y amistades se conservan, la adscripción social al pueblo permanece aún después de muertos. Esta característica cultural resulta muy original y digna de ser considerada a profundidad. Incluso en México Mestizo, esta concepción ha permeado –en diferentes niveles de profundidad- y ha generado una manera muy sui generis de concebir a los muertos.

            En este sentido, el culto a los muertos en México, junto con otros países latinoamericanos, se asemeja mucho a lo que se puede observar en Asia, con el culto a los ancestros.

En todo caso, acerca de la muerte en México, hay que expresar que esta conciencia de finitud en el sentido que quiero exponer aquí, se trata más bien de una conciencia optimista que significa todo a partir de la certeza en un punto final. Un punto final que pone fin, pero que a la vez hace que todo cobre un especial sentido desde el principio. No ser eternos es tener proyectos, saber que nuestro tiempo es limitado y por eso cada instante se significa plenamente. Una vida eterna no es una vida humana. En este sentido, si quitáramos ese punto final en la existencia humana, se quita también el sentido de nuestro proyecto humano, lo que queramos ser podemos serlo ahora, en un siglo, en mil años o nunca. Como esa no es nuestra condición, y somos finitos y limitados, entonces cada acción, cada decisión vale y llena de sentido nuestra frágil y breve existencia.

En los huehuetlahtolli, o palabra de los ancianos, encontramos discursos de tradición indígena de una impresionante profundidad ética y de sentido existencial, por ejemplo, el siguiente, recopilado por Fray Andrés de Olmos y retomado por Sahagún para incorporarlo en el corpus del Códice Florentino, y que son palabras que el padre dirigía a su hija:

 

Oye bien, hijita mía, niñita mía: no es lugar de bienestar en la tierra, no hay alegría, no hay felicidad. Se dice que la tierra es lugar de alegría penosa, de alegría que punza.
Así andan diciendo los viejos: para que no siempre andemos gimiendo, para que no estemos llenos de tristeza, el Señor Nuestro nos dio a los hombres la risa, el sueño, los alimentos, nuestra fuerza y nuestra robustez y finalmente el acto sexual, por el cual se hace siembra de gentes.
Todo esto embriaga la vida en la tierra, de modo que no se ande siempre gimiendo. Pero, aún cuando así fuera, si saliera verdad que sólo se sufre, si así son las cosas en la tierra, ¿acaso por esto se ha de estar siempre con miedo? ¿Hay que estar siempre temiendo? ¿Habrá que vivir llorando?
Porque se vive en la tierra, hay en ella señores, hay mando, hay nobleza, águilas y tigres. ¿Y quién anda diciendo siempre que así es en la tierra? ¿Quién anda tratando de darse la muerte? Hay afán, hay vida, hay lucha, hay trabajo. Se busca mujer, se busca marido. (León Portilla y Silva Galeana, 1991: pp. 15-17).

 

Ahora bien, esto no queda solamente en una tradición ancestral caduca y extinta. Las siguientes son palabras de una madre tzotzil dirigidas a su hijo muerto, que en su dulzura y emotividad, nos recuerdan lo escrito líneas más arriba al transcribir los huehuetlahtolli del padre y la madre a la hija en época prehispánica:

 

Florecita de mis entrañas, imagen de tu padre
retrato de tu madre
¿Por qué te vas lejos?
¿Por qué me dejas en soledad?
¿Por qué no camina ya tu corazón?
¿Acaso no te di yo la vida
con tantas penalidades y dolor?
Te di mi pecho, te di tu alimento,
te protegí desde que naciste.
¿Dónde está tu santa alma?
¿Por qué te alejaste de mí?
Mi corazón se desgarra en dos,
mi corazón desfallece,
mi corazón se abate y está pesado
por causa de tu muerte.
Tu partida me mata, hijito mío,
mi pajarito, ¿dónde te encuentras
florecita de mis entrañas?,
mi corazón está en soledad
y reclama tu compañía[1].
(León Portilla y Shorris, 2008: pp. 700-701)

 

Esta condición finita, no implica un dejo de inutilidad de la existencia, sino que se valora lo que pueda lograrse en el lapso vital, ante la consciencia de un fin, después del cual, el ámbito de posibilidades cambiará y ya no será plausible la consecución de un proyecto –al menos tal y como lo concebimos aquí y ahora-:

 

Sólo vinimos a soñar,
no es cierto, no es cierto,
que vinimos a vivir sobre la tierra.
Como yerba en primavera
es nuestro ser.
Nuestro corazón hace nacer,
germinan flores de nuestra carne.
Algunas abren sus corolas, luego se secan.
(León Portilla y Shorris,  2008: p. 119).

 

También León Portilla, en otra de sus obras registra la siguiente oración que se realiza ante un muerto en San Pedro Jícora, Durango:

 

Ah, Dios, Madrecita nuestra,
Has hecho salir a tu hijo de aquí,
del mundo,
mucho requeriste tu aliento de vida
y por eso buscaste tu aliento,
ten, lo que recibirás,
tu cordel,
porque ya tú aquí lo has hecho salir,
de aquí para el mundo que está allá,
porque seguramente has necesitado tu aliento de vida.
Ya le diste licencia para vivir aquí,
tal vez admirando las cosas,
aquí en el mundo,
porque aquí brilla todo lo que es bueno,
aquí bien verdea.
Porque seguramente ha pasado trabajos,
pero pues,
¿qué podemos hacer?
Porque nosotros no somos dueños de la vida,
la misma Madrecita nuestra nos la prestó,
pero ya tú aquí le cortaste los pasos a tu hijo,
le pediste su aliento de vida,
ya lo recibiste.
Ni modo,
aquí nada podemos hacer
porque tú le habías prestado tu aliento,
pero ahora ya tú aquí se lo pediste.
(León Portilla y Shorris, 2008: p. 421).

 

Esta pues, es una concepción de la vida y la muerte que no está atravesada por una barrera impenetrable entre el más allá y el más acá. En cierto sentido esa trascendencia a la que llega el difunto, nunca es tan trascendente como para divorciarse de la inmanencia de este mundo en el aquí y el ahora. Es otra cosmovisión, donde las realidades de este y el otro mundo parecen resumirse en este único mundo con potencialidades diferentes (las almas pueden cosas que los vivos no). Definitivamente es una concepción del cosmos donde los ámbitos de lo divino, la naturaleza, los humanos –vivos y muertos- interactúan en un constante intercambio de bienes y relaciones a imagen y semejanza de las redes de solidaridad y organización social que viven estos grupos culturales.

La insistencia en las obligaciones rituales para con las almas, en contexto cultural indígena mesoamericano, implica evidentemente una concepción del ser humano compuesto por cuerpo y alma. Tal vez los conceptos como tales provengan de la doctrina cristiana enseñada a los indígenas, pero las características propias que se atribuyen al alma en estos contextos culturales, nos abre a un horizonte de sentido muy diferente al de Occidente y nos ofrece una explicación muy original del problema de la muerte  y trascendencia humana, así como de los procesos de salud-enfermedad, lo que definitivamente sugiere una procedencia cultural autóctona.

A pesar de la enorme diversidad que los diferentes grupos indígenas tienen de celebrar a sus muertos, ciertas notas comunes pueden extraerse, tales como las siguientes ideas cruciales: el muerto sigue pertenciendo a la sociedad, allá donde está sigue trabajando y tiene hambre, por lo que debe ser alimentado, aunque su alimento pertenezca ya al ámbito de lo etéreo: esencias, olores, sabores, tiene derecho a él, pues trabaja junto con los vivos en el éxito del ciclo agrícola. En todo caso, es una concepción que implica la noción de que sigue siendo necesario mantener un intercambio social entre vivos y muertos. Las redes sociales incluyen a los muertos. Así pues, mediante la muerte, los seres humanos se separan de los vivos y se reúnen con los muertos, pero no se disuelve el vínculo comunitario. En este sentido, los muertos son seres sociales y no dejan de ser parte del colectivo. Vivos y muertos juntos conforman la sociedad humana en conjunto, pues el muerto no deja de existir a pesar de su cambio ontológico.

Cabe señalar también que las prácticas rituales y las representaciones sociales en derredor de la muerte, sirven para afrontar la separación física. Es una necesidad psicológica innegable. En este sentido, por ejemplo el novenario, el aniversario, etc. es una forma de dosificar la partida, es despedir al muerto poco a poco, desapegarse paulatinamente. Dado que la muerte es un acontecimiento desconcertante, definitivo, doloroso, confuso y conflictivo, psicológicamente, morir, implica un proceso para recuperar la ordinariedad de los vivos, por eso son tan valiosos los rituales, pues ayudan a reconstruir la realidad sin el muerto: asumir la ausencia reconstruyendo la presencia.

La muerte, indudablemente, es un proceso social. La muerte individual involucra a todo el colectivo y le provoca existencialmente a asumir la partida del muerto, en necesaria confrontación con la propia muerte. En este sentido, las artesanías festivas de día de muertos son espejos fieles de los anhelos y esperanzas de esta vida reflejadas en la otra vida, allende las fronteras del misterio.

 


Referencias bibliográficas

-       LEÓN-PORTILLA, Miguel y SILVA GALEANA, Librado, Huehuetlahtolli. Testimonios de la antigua palabra, México, FCE-SEP, 1991.

-       LEÓN-PORTILLA, Miguel y SHORRIS, Earl, Antigua y Nueva Palabra. Antología de la literatura mesoamericana, desde los tiempos precolombinos hasta el presente, México, Aguilar, 2008.

 



[1] Demetrio Sodi, Literatura maya, México, SEP, 1981, p. 80. Tomado de: León Portilla y Shorris, Antigua y Nueva Palabra. Antología de la literatura Mesoamericana, desde los tiempos precolombinos hasta el presente, México, Aguilar, 2008, pp. 700-701.